IDENTIDAD METODISTA

 

Lic. Jorge Bravo C.

 

INTRODUCCION

I. Acerca de la Identidad Metodista.

II. Características de la Identidad Metodista

A. El Amor a Dios (Santidad Personal).

1. Salvación por la Fe en Cristo.

2. La Perfección Cristiana.

3. Las Obras de Piedad.

4. El Espíritu Evangelizador.

B. El Amor al Prójimo (Santidad Social).

1. Las Obras de Misericordia.

2. La Obra Social y Educativa.

3. El Credo Social.

4. La Transformación de la Sociedad.

C. El Espíritu Organizador.

1. Las Sociedades.

2. El Ministerio Laico.

3. La Organización Eclesial.

4. Los Reglamentos y la Disciplina.

D. El Espíritu Ecuménico.

1. Relación fraternal con otros cristianos.

2. Visión amplia del Mundo.

3. Colaboración con Organismos que buscan el bien común de las

personas.

III. La Teología de Juan Wesley.

1. La Sagrada Escritura.

2. La Experiencia.

3. La Razón.

4. La Tradición Cristiana.

5. La Creación Natural.

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCION

Muchas veces se me ha preguntado acerca de la identidad metodista y

siempre he explicado este tema. Sin embargo, a pesar de haber pasado

el tiempo he podido comprobar que este asunto aún no es muy claro

para muchos metodistas de nuestro tiempo. Y no es que no haya

literatura al respecto, sino que pareciera que no se ha explicado

con claridad y sencillez esta interrogante. Hoy en día tenemos a la

mano las Obras de Wesley en 14 tomos y en idioma español, gracias al

esfuerzo del Rev. Elbert Wethington, quien es Presidente del

Directorio de la Wesley Heritage Foundation, Inc. y a todo un equipo

de traducción. Esta valiosa colección nos ha llegado como parte del

Pacto que tenemos con la Conferencia de Carolina del Norte de la

Iglesia Metodista Unida (USA). Existe pues, abundante información

sobre nuestra identidad metodista. ¿Cuál es la dificultad entonces?.

No hace mucho un grupo de jóvenes me solicitaron que pudiera exponer

una ponencia sobre la Identidad Metodista en un seminario de

capacitación. Sin dudarlo acepté el reto una vez más. En la medida

que iba bosquejando los temas a tratar sentí la necesidad de

escribir este documento para que pueda estar al alcance no sólo de

los jóvenes sino de todo metodista interesado en conocer más acerca

de nuestra identidad. Es así que comencé a reunir toda la

información posible y escribir de una manera sencilla y clara sobre

este asunto.

Espero que este material al ponerlo al alcance de todos los

metodistas sirva para clarificar de una vez por todas nuestra

identidad y ya no nos dejemos influenciar por cualquier viento de

doctrina que aparezca en el horizonte, sino más bien, nos permita

realizar la Misión con eficacia y en amor, especialmente en aquellos

que aún no conocen el Evangelio redentor de nuestro Señor

Jesucristo. Hay muchos que están ávidos de escuchar algo nuevo para

sus vidas y no lo encuentran. Están en la calle, en la escuela, en

el tren, en el hogar, en la oficina, en los negocios, en los

estadios, en el Congreso, en Palacio y en cualquier otro lugar.

Si este esfuerzo cumple su cometido en cada metodista, me sentiré

complacido de haber aportado un granito más de arena en la Misión de

nuestra Iglesia. Doy gracias al Señor por haberme concedido este

privilegio inmerecido. A Él sea la honra y la gloria por todos los

siglos. Amén.

 

 

 

Callao, Febrero de 2001

I. Acerca de la Identidad Metodista.-

Tratar el tema acerca de nuestra identidad metodista nos lleva a

revisar y a preguntarnos ¿qué es identidad?. Usualmente se utiliza

este término para identificarse ante alguien o para relacionarse con

algo similar. Se define como el conjunto de particularidades o

características que distinguen a una persona de las demás.

No es fácil precisar las particularidades o características propias

de un cristiano metodista. Hay muchas referencias al respecto, todas

ellas sólo logran presentar un mosaico de los énfasis que se dan en

el quehacer de la vida del cristiano metodista. Precisar esta

identidad no es tarea sencilla, debido a que nuestra identidad

latinoamericana es producto, en un primer momento, de la mediación

del metodismo norteamericano, y en un segundo momento, por la

influencia de diversas corrientes wesleyanas en el mundo.

Para definir nuestra identidad como metodistas tenemos que partir

por lo que es fundamental en la fe cristiana, la experiencia de

salvación. Todo cristiano metodista es una persona que ha sido

redimida por la gracia de Dios, a través de un encuentro personal

con Jesucristo y que a partir de esa experiencia de fe, el Espíritu

Santo actúa constantemente en su vida, llevándolo hacia un camino de

santidad y perfección. En su vida diaria pone en práctica la

religión del amor, el amor a Dios y a toda la humanidad, tal como

nos enseñó nuestro Gran Maestro, el Señor Jesucristo.

De ahí que el meollo de la doctrina metodista esté en la práctica

del amor a Dios y el amor al prójimo. No hay otra religión superior

a ésta. Juan Wesley lo afirma en toda su reflexión teológica. Esta

es la gran herencia del movimiento metodista que generó el

avivamiento espiritual del siglo XVIII. Como tal debemos sentirnos

honrados y orgullosos de recibir este legado de parte del Señor,

cuyo propósito es redimir a toda criatura de la esclavitud del

pecado, a través de Su Palabra y por su sola gracia. Nunca debemos

olvidar las palabras del apóstol Pedro: “Pero vosotros sois linaje

escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios,

para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las

tinieblas a su luz admirable. Vosotros que en otro tiempo no erais

pueblo, ahora sois pueblo de Dios; en otro tiempo no habíais

alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia.”

No es perder el tiempo hacer un alto en nuestra vida cotidiana para

examinar nuestra identidad como metodistas. Jesús mismo se tomó su

tiempo para averiguarlo: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo

del hombre?...Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?.” Hoy más que

nunca necesitamos preguntarnos: ¿Quiénes somos? ¿Qué dice la gente

quiénes somos como cristianos metodistas?

Es necesario y urgente revisar nuestra autoestima, elevarla al tope,

mejorar nuestra calidad de vida como cristianos metodistas y

establecer un proyecto de vida de acuerdo a los principios emanados

de las enseñanzas de nuestro Maestro, Jesucristo, y con relación a

las necesidades de nuestro prójimo, sean éstas, espirituales o

materiales.

Nuestro emblema simboliza las raíces de nuestra Iglesia: la cruz, en

la cual nuestro Señor Jesucristo ofrendó su vida por nosotros los

pecadores y que a través de su sangre derramada somos reconciliados

con Dios. ” Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas,

así las que están en la tierra como las que están en los cielos,

haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. También a vosotros,

que erais en otro tiempo extraños y enemigos por vuestros

pensamientos y por vuestras malas obras, ahora os ha reconciliado en

su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos

y sin mancha e irreprochables delante de él.” La flama, representa

el poder del Espíritu Santo y el sello de nuestra pertenencia. “El

cual también nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el

Espíritu en nuestros corazones.”

Surgimos en el mundo como Iglesia Metodista, por la gracia y obra de

Dios, quién derramó su Espíritu en la vida de Juan Wesley y en todos

sus seguidores para proclamar Su Palabra a toda criatura y hacerla

realidad en cada una de ellas. ¡Esa es nuestra herencia e identidad!

¡Esa es la tarea, no hay otra!.

De ahí que consideramos que un cristiano metodista en su práctica de

fe, asume las siguientes características, que le son distintivas: el

amor a Dios, el amor al prójimo, su espíritu organizador y su

espíritu ecuménico.

II. Características de la Identidad Metodista

A. El Amor a Dios (Santidad Personal).

Este es el primer mandamiento del Señor Jesucristo y constituye un

requisito prioritario para ser considerado completamente cristiano.

Este amor a Dios se expresa a través de nuestra santidad personal en

los siguientes aspectos:

1. Salvación por la fe en Cristo.- Como se ha dicho anteriormente,

todo cristiano metodista es una persona que ha sido redimida por la

gracia de Dios, a través de un encuentro personal con Jesucristo y

que a partir de esa experiencia de fe, el Espíritu Santo actúa

constantemente en su vida, llevándolo hacia un camino de santidad y

perfección. Esta experiencia de fe es una experiencia personal,

honda y viva. Es el punto de partida para la santidad y perfección

cristiana. Este hecho de la experiencia de la gracia regeneradora de

Dios en Cristo es la esencia del metodismo.

Todo cristiano metodista es consciente que Cristo nos ofrece en su

muerte el sacrificio perfecto por los pecados y hace posible nuestra

redención y reconciliación con Dios. Debemos siempre recordar las

palabras del Apóstol Juan: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha

dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se

pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo

para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”

Wesley mismo tuvo su propia experiencia personal de fe, previa a su

conversión:

“Yo predicaba mucho, pero no veía fruto de mis labores. Realmente,

no era posible que yo lo tuviera, porque no ponía yo el cimiento del

arrepentimiento, ni de creer en el evangelio.”

En otra oportunidad comentó:

“Yo fui a América a convertir a los indios. Mas ¿quién me convertirá

a mí? ¿Quién me librará de este corazón perverso e incrédulo? Tengo

una hermosa religión de verano. Puedo hablar de ella. Hasta puedo

creer en ella mientras está lejos el peligro, pero luego que la

muerte me mira cara a cara, mi espíritu se acobarda. Yo no puedo

exclamar: ‘Para mí el morir es ganancia’.”

Felizmente, un 24 de mayo de 1738 a la edad de 34 años, pudo sentir

y expresar:

“Como a las nueve menos cuarto, mientras escuchaba la descripción

del cambio que Dios opera en el corazón por la fe en Cristo, sentí

arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en

Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación. Y recibí la

seguridad de que Él había borrado mis pecados y que me salvaba a mí

de la ‘ley del pecado y de la muerte’. Púseme entonces a orar con

todas mis fuerzas por aquellos que más me habían perseguido y

ultrajado. Después di testimonio público ante todos los asistentes

de lo que sentía por primera vez en mi corazón.”

Esta es la hora del nuevo nacimiento de Juan Wesley, pero también es

la hora del nacimiento del metodismo.

Para mayor ampliación sobre el tema de la salvación será bueno

estudiar el Sermón 1 de Juan Wesley: “La salvación por la fe”,

basado en Efesios 2,8. Asimismo, otro de sus sermones a considerar

es: “El nuevo nacimiento” Finalmente no debemos olvidar la pregunta

del carcelero al Apóstol Pablo y Silas: ¿Qué debo hacer para ser

salvo?, y la respuesta de ellos: “Cree en el Señor Jesucristo, y

serás salvo tú y tu casa.”

2. La Perfección Cristiana.- Es el segundo paso que todo cristiano

metodista inicia luego de ser justificado por la gracia de Dios, por

medio de la redención que es en Jesucristo. Es la acción gradual de

Dios, en el cual el Espíritu Santo opera en la vida del cristiano

hasta lograr un verdadero cambio en su naturaleza, hasta alcanzar la

estatura de la plenitud de Cristo.

La perfección cristiana no implica quedar exento de ignorancia o del

error, de los defectos o de las tentaciones, ya que no hay

perfección absoluta en la tierra, sino que es un desafío constante

para el creyente, de modo que si alguien considera haber alcanzado

dicha perfección, todavía necesita crecer en la gracia y avanzar

diariamente en el conocimiento y el amor de Dios.

Para Wesley el “perfecto amor” a Dios y a los hombres es sinónimo de

la perfección cristiana o de la entera santificación.

Es en este sentido que Jesucristo nos exhorta a ser perfectos como

Dios lo es; el Apóstol Pablo reconoce que no es perfecto, pero que

camina hacia esa meta; en otra ocasión, en su carta a Timoteo hace

ver que el fin de toda Escritura es hacer que el creyente en Dios

sea perfecto.

La perfección cristiana, tal como lo advierte Wesley en todo su

tratado sobre este aspecto, no es un ideal a lograr a futuro o en el

momento de la muerte, sino que es un proceso que se inicia al ser

justificado por la gracia de Dios y que es permanente, dinámico,

ahora, en la vida presente. De algún modo, la perfección cristiana,

es dejar de lado una vida mediocre por una vida de calidad, es

decir, en santidad, consagrada a Dios y experimentar sus múltiples

bendiciones. Como ya se ha dicho anteriormente, este proceso es

dinámico y nos permite seguir creciendo, día a día, paso a paso, en

la fe y en el amor. De ahí que la perfección cristiana es una visión

positiva y optimista de la vida cristiana, porque enseña que tanto

el hombre como la mujer son perfectibles por la gracia de Dios y

están sujetos a ese proceso, con la ayuda del Espíritu Santo.

Pero, hoy en día, la perfección está relacionada a otra palabra,

calidad de vida, la cual se utiliza mucho y está en boga en todos

los medios académicos. Con este concepto de calidad de vida se

quiere demostrar que el ser humano es perfectible por sí mismo, en

base a su propio esfuerzo y no depende de nadie para lograrlo. Sin

embargo, es bueno tener en cuenta lo que Elsa Tamez comenta sobre

este asunto en su artículo “El desafío de la perfección cristiana:

Wesley y Santiago”

¿Qué significa ser perfecto? La palabra nos suena chocante; tal vez

sea porque en nuestras sociedades el pensamiento dominante tiende

hacia la búsqueda constante de lo perfecto, pero en un sentido

radicalmente opuesto al de Santiago y Wesley. La axiología actual

está invertida; mientras que para la sociedad o el mundo, en

términos de Santiago, la perfección está vinculada al éxito, a la

competencia, al sobresalir a costa de los demás, para Santiago [para

Wesley también] es precisamente lo contrario, es estar pendientes de

los necesitados para ser coherentes con lo que creemos y leemos en

la Biblia. La perfección de nuestro tiempo margina al pobre, al

minusválido –perfección está ligada a lo sin defecto; es mentirosa

porque el mundo de las apariencias lo domina todo. En Santiago

[también en Wesley] la perfección está vinculada a la autenticidad,

a la sinceridad, mientras que hoy día lo perfecto se rige por el

nivel de las apariencias. Los modelos que la sociedad impone son

individualistas, en ellos no hay cabida para la solidaridad; la

imagen del ser perfecto ya está dada: seguir el modelo de tener

buenas posibilidades económicas, buena educación, no tener defectos

físicos, casarse, tener hijos, tener éxito en todas las actividades

y no ser objeto de ninguna sospecha ideológica. Si eso es así, las

grandes mayorías pobres y explotadas latinoamericanas están en un

nivel bajo, de imperfección, porque nunca tendrán las posibilidades

de realizar la imagen de perfección proyectada por la sociedad.

Nuestras iglesias no están exentas de poseer esta imagen falsa de

perfección.

Santiago, y más adelante Wesley, nos desafían a buscar otro tipo de

perfección, la auténtica. Aquel que no divide a las personas y

comunidades entre sí, aquel que exige ser íntegro, cabal, completo.

Aquel que vincula las realidades con la fe y actúa coherentemente

con lo que dice y hace. Esto es ser honesto y el que no actúa así es

deshonesto. En nuestras comunidades cristianas debemos reflexionar

sobre este aspecto crucial; y no solo al interior de nuestras

comunidades, sino también en los movimientos populares que intentan

transformar también la realidad social viciada.

El ser ‘limpio de corazón’ significa mucho más que ser buena gente.

La búsqueda constante de la honestidad hoy día, entendida en toda su

profundidad y colocada en medio de nuestra historia conflictiva, nos

ayudará con toda seguridad a ser cristianos auténticos [no casi

cristianos], porque ser íntegro significa en síntesis ser honesto

con Dios, con el prójimo, con nosotros mismos y con nuestra

realidad.

Para alcanzar esta meta -que es nuestro constante desafío- es

necesario llevar una vida en obediencia a Dios, en disciplina, en

amor y en gracia renovada. ¿Estamos avanzando hacia la perfección?

El estudio serio acerca de la perfección cristiana debe ser una guía

permanente para todos los cristianos metodistas.

3. Las Obras de Piedad.- Al leer la cita bíblica de Génesis 22:14 lo

primero que nos viene a la mente es el hecho de que Dios siempre

provee lo necesario para nuestra vida o bienestar. Comúnmente esa

provisión divina está relacionada con cosas materiales: dinero,

salud, bienestar, alimento, estudio, trabajo. Muy poco reflexionamos

en que Dios también nos provee medios para nuestra vida espiritual,

es decir, herramientas para nuestra perfección cristiana. A estas

herramientas, Wesley las denomina medios de gracia.

Las obras de piedad son señales exteriores, palabras o acciones que

tienen que ver con la vida de fe o devoción del creyente y para ello

Dios en su infinita misericordia, provee medios de gracia para

alimentar y madurar nuestra santidad. Wesley consideraba que Dios al

proveer dichos medios para nuestra formación espiritual, tanto

personal como comunitaria, hace que la gracia sustentadora sea

accesible cada vez más. Pero advierte que los medios de gracia deben

emplearse en forma disciplinada.

Los cristianos no estamos exentos de enfrentar obstáculos,

conflictos, dudas, fracasos y crisis en nuestra vida espiritual.

Cada día es una batalla que tenemos que librar para vencer esos

desafíos que el maligno nos pone. ¿Cómo pues permanecer fieles al

Señor? ¿Cómo tener el apoyo o la ayuda necesaria de nuestro Dios

para caminar por sus caminos? ¿Cómo saber que El Señor, a través de

su gracia sustentadora nos apoya, anima y capacita?. La respuesta a

estas preguntas es: Dios nos ha provisto medios de gracia. He aquí

Algunos de ellos:

a) La Sagrada Escritura.- Para Wesley la Biblia tuvo un lugar muy

importante en su vida y fue la fuente de toda su teología. El mismo

llegó a declararse como hombre de un solo libro La Sagrada Escritura

o Biblia contiene el mensaje básico de la gracia de Dios y

constituye la guía principal para vivir una vida de santidad. Es un

privilegio y deber de todo cristiano escudriñar las Escrituras.

Debemos leerla y estudiarla siempre en todo momento de nuestra vida,

casi siempre temprano en la mañana o tarde en la noche. En ella

conoceremos la voluntad de Dios para con nosotros y hallaremos

respuestas para todas nuestras necesidades e inquietudes.

Más adelante ampliaremos este punto cuando tratemos en otro

capítulo, las fuentes de la teología de Juan Wesley.

b) La Oración.- Puesto que la vida cristiana se vive en relación con

Dios mediante Jesucristo, la oración es esencial. Es uno de los

dones más importantes que Dios nos ha dado para mantenernos

conectados con él, que nos ama constantemente y cuya gracia es

necesaria para sostenernos. Es el gran medio de acercarnos a Dios.

Todo cristiano ejercita su amor a Dios, “orando sin cesar.” Muchas

veces la ausencia de oración es la principal causa de sequía

espiritual en la vida del cristiano. ¿Cómo debemos orar? Jesús nos

da la respuesta. Cada uno puede componer su propia oración para

dirigirse al Señor.

Juan y Carlos Wesley resaltan en sus escritos la necesidad de orar

en cada momento; para ellos, la oración constituía una fuente

inagotable de fuerzas inmensas.

Debemos enfatizar que la oración no es sólo personal sino que

también es comunitaria e intercesora.

c) El Ayuno.- Cuando pensamos en ayunar, casi siempre se debe a que

ha llegado el momento de perder peso. En realidad el ayuno es una

disciplina espiritual cuyo propósito no es reducir el consumo de

calorías, sino intensificar nuestra relación con Dios y purificar

nuestro ser. Jesús nos advierte que cualquier problema o dificultad

que dañe nuestro espíritu no se resuelve sino con oración y ayuno;

asimismo, el profeta Isaías nos recuerda cuál es el verdadero ayuno

que Dios quiere de nosotros. ¿Por qué es importante ayunar? Por tres

motivos:

1) Es una expresión de arrepentimiento por el pecado;

2) Es una señal especial de penitencia por el pecado de exceso en el

comer y el beber; además, permite que experimentemos la carencia que

sufren los pobres.

3) Ayuda a la oración porque le permite a la persona que ayuna

apartar un período más extenso de tiempo para orar y contribuye a la

santidad.

Finalmente, Wesley no dejó de advertir que el ayuno valdría más si

al mismo tiempo se ayudase a los pobres.

d) La Cena del Señor o Comunión.- ¿Qué acontece cuando nos acercamos

a la mesa del Señor? La Cena del Señor es significativa por tres

razones: Primera, porque se trata de un memorial o recordación. Nos

confronta con el sufrimiento y sacrificio que Cristo hizo por

nosotros en la cruz. Segunda, la Cena del Señor es una manera como

Dios otorga gracia al que participa en ella. Mediante el poder del

Espíritu Santo y a través de nuestra fe, se nos comunica los

beneficios de la muerte y la resurrección de Cristo. Cuando comemos

el pan y bebemos de la copa, Dios le concede a nuestras almas toda

esa gracia espiritual, esa justificación, esa paz y ese gozo en el

Espíritu Santo comprados por el cuerpo de Cristo que una vez fue

quebrantado, y la sangre de Cristo que una vez fue derramada por

nosotros. Tercera, la Cena también es una promesa. Confirma y sella

la oferta que Dios nos hace de salvación en Cristo. Cuando nos

reunimos alrededor de la Mesa del Señor, estamos anticipando lo que

ha de suceder en el Reino de Dios que se ha de consumar en el

futuro, cuando todos habremos de participar con gozo y paz en la

plenitud definitiva de la vida de Dios. ¿Qué impide que nos

acerquemos a la Mesa del Señor?.

Wesley nos recomienda que la Cena del Señor es absolutamente

indispensable en la vida del creyente.

e) Las Reuniones Fraternales.- Wesley se refirió sobre este medio de

gracia como “conferencia cristiana”, sin embargo, hoy en día este ha

adquirido la expresión de reuniones fraternales. Originalmente estas

reuniones fueron las sociedades, las clases, y las bandas. Estas

reuniones no son más que oportunidades para participar con otros en

adoración, compañerismo y ministerio. El crecimiento espiritual es

personal, pero no privado. No podemos ser cristianos aislados, que

vivimos en soledad. Los diversos momentos de comunión fraternal son

muy importantes para el crecimiento de nuestra vida espiritual. De

ahí que sea bueno tener siempre los estudios bíblicos, los grupos de

oración, campamentos, paseos, vigilias, grupos de jóvenes, mujeres,

de niños y asambleas, entre otras cosas más. La experiencia nos

indica que estos espacios son muy fructíferos en la vida del

cristiano y de la iglesia.

Recordemos que para ser metodistas, era requisito estar unidos entre

sí y también con otros cristianos para adorar y orar. Era muy

importante mantener el espíritu de la conexionalidad. Sólo así,

unidos, se podría cuidar de otros creyentes y unirse a ellos en la

Misión al mundo. Este aspecto es aún vigente para todos los

metodistas del mundo, ahora y siempre.

f) El Culto Público.- Todo cristiano metodista que ha sido

verdaderamente tocado por Dios debe aprovechar toda oportunidad para

ofrecer alabanza al Señor y abrirse a su gracia sustentadora,

mediante sus oraciones familiares, servicios parroquiales y cultos

de adoración. Además, todo culto es un testimonio público de nuestra

fe en Jesucristo, para que muchos puedan creer y aceptarle como su

único Señor y Salvador.

Wesley estableció dos oportunidades para adorar a Dios: La Fiesta

del Amor o la comida del Agape, y el Servicio del Pacto. Ambas

reuniones tenían el propósito de dar testimonio de la acción de Dios

en las vidas de los creyentes; alabar a Dios a través del canto;

orar juntos por cada necesidad particular y por el mundo; comer y

beber juntos. En cada una de ellas los creyentes debían experimentar

las bendiciones de Dios y tener la oportunidad de renovar su pacto

con su Señor.

4. El Espíritu Evangelizador.- Jesús después de su resurrección

gloriosa, dejó un encargo a sus discípulos: “Por tanto, id y haced

discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del

Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden

todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los

días, hasta el fin del mundo. Amén.” En realidad, este encargo del

Señor se ha convertido en el mandato misionero de todo cristiano,

por extensión, de la Iglesia.

Esta Comisión la ha venido realizando toda la comunidad cristiana a

través de los siglos, hasta el día de hoy, en obediencia a este

mandato. Muchos cristianos han dado su vida por anunciar el

evangelio del Señor Jesucristo. Entre ellos se encuentran muchísimos

hermanos y hermanas metodistas de todo el mundo.

Wesley entendió que este encargo del Señor debía llevarse a cabo en

todo el mundo, sin ninguna discriminación. Gracias a esta obediencia

del mandato divino, Wesley es considerado como uno de los más

grandes evangelistas en la historia cristiana. El metodismo se

desarrolló y se extendió por todo el mundo en virtud a este espíritu

evangelizador de sus integrantes. Él tuvo una gran visión y

sabiduría de lo alto para desarrollar la Obra. En cierto momento, a

uno de sus cuestionadores le supo responder:

“Considero todo el mundo como mi parroquia, quiero decir que en

cualquier parte de él donde estoy, lo juzgo digno, justo y mi deber

declarar las buenas nuevas de salvación a todos los que quieran oír.

Esta es la obra a la cuál sé que Dios me ha llamado.”

Esta es nuestra herencia metodista, vigente aún y retadora para el

próximo milenio.

Francis Gerald Ensley en su artículo “Juan Wesley, evangelista

poderoso” nos da una excelente visión de la tarea evangelística

realizada por Wesley. He aquí un resumen de la misma. Fue capaz de

sacar a muchos de las tinieblas a la luz; cambió a muchos de un tipo

de vida miserable a otra de calidad. Cuando él murió había 70,000

metodista en Inglaterra y otros 70,000 habrían muerto en la fe

metodista en el transcurso de su larga carrera. El metodismo alcanzó

el Océano Atlántico y cerca de 65,000 norteamericanos eran

seguidores de Wesley. En los Estados Unidos de Norteamérica, entre

los años de 1773 a 1790, la población metodista se incrementó en más

de 5,500 por ciento con respecto al 75 por ciento de la población

total. Cincuenta años después de la muerte de Wesley el movimiento

metodista tenía congregaciones misioneras en Europa, Africa,

Australia, las islas del Pacífico y América. ¡Todo el mundo!. ¡Miles

de kilómetros recorridos! Se cumplía lo dicho por Wesley: “el mundo

es mi parroquia.”

Este crecimiento es comparable sólo al de la iglesia primitiva. Un

dato importante, el movimiento metodista estaba bien organizado para

poder cumplir la misión. Tenía 550 predicadores itinerantes, además

de un número mayor de predicadores locales. Gerard Ensley comenta

sobre la influencia de la labor de Wesley en su sociedad:

Él levantó a la iglesia establecida de sus basureros. Donde era

mundana y corrupta él la levantó a nuevos niveles de

espiritualidad...Encendió a la iglesia con un nuevo celo

misionero...Él derritió el sentimiento religioso congelado de la

Iglesia Anglicana, lo vertió sobre nuevos moldes y lo hizo nuevo con

un significado espiritual. Wesley cambió el clima espiritual de

Inglaterra.

Los resultados de esta labor misionera, realizada por Wesley y sus

seguidores, pueden verse en la transformación espiritual y social

que experimentaron las personas a quienes ellos llegaron. Se alivió

el sentido de culpa, la ignorancia, las enfermedades, la degradación

social de las personas, especialmente los pobres. Ayudó a reformar

las prisiones, se redujo las horas de trabajo en las fábricas y

minas, se abolió el comercio de esclavos, y permitió el desarrollo

de la educación popular a través de las escuelas dominicales.

Hoy día podemos decir con orgullo -nosotros, los herederos de esa

Gran Comisión- que los frutos de esa fructífera labor evangelística

es la formación de la Iglesia Metodista, establecida a lo largo y

ancho del mundo, llegando a ser la tercera iglesia protestante más

grande del planeta.

Este es pues, nuestro espíritu evangelizador, que se nutre de las

enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo y se acrecienta con la

experiencia desarrollada por los primeros metodistas. Proclamación

de la Palabra de Dios y servicio a toda la humanidad, esa es la

Misión. ¡No hay otra!.

B. El Amor al Prójimo (Santidad Social).

Este aspecto es el segundo mandamiento ordenado por nuestro Señor

Jesucristo. Según Wesley todo cristiano metodista debe dar este paso

para ser considerado verdaderamente cristiano. El amor al prójimo es

lo que constituye nuestra santidad social, enseñada por Jesucristo.

Wesley mismo expresó lo siguiente:

“El evangelio de Cristo no conoce otra religión que la social ni

otra santidad que la social. Este mandamiento tenemos de Cristo, que

el que ama a Dios, ame también a su hermano.”

A partir de esta práctica de fe, el cristiano metodista realiza

diversas acciones que se traduce en los siguientes hechos: las obras

de misericordia, la obra social y educativa, la formulación de un

Credo Social y la transformación de la sociedad.

1. Las Obras de Misericordia.- Según Wesley una genuina santidad

debía manifestarse a través de una santidad exterior o social. Las

obras de piedad y las obras de misericordia hacen el equilibrio

teológico de la vida cristiana. Las obras de misericordia son la

expresión de la fe puesta en acción. Hacer el bien a los demás es

practicar el mandamiento del Señor: “Amaos unos a otros” Wesley en

su Sermón en la Montaña explica en qué consiste practicar las obras

de misericordia:

Dar de comer al hambriento, vestir al que está desnudo, atender o

asistir al extranjero, visitar a aquellos que están enfermos o en

prisión, consolar al afligido, instruir al ignorante, reprobar al

malvado, exhortar y animar al que hace lo bueno; si hubiera

cualquier otra obra de misericordia, también se le debe incluir en

esta dirección.

Además, él mismo se encargó de dar el ejemplo. Se preocupó por el

derroche del dinero y la acumulación de riquezas. Consideraba que

era “la trampa del diablo” y que éste asunto es la perdición del

cristianismo genuino. Existen cuatro sermones significativos con

respecto a la riqueza: “El peligro de las riquezas” , “Sobre las

riquezas” , “El peligro de la acumulación de riquezas” , “El uso del

dinero” Por otro lado, consideraba que la riqueza era un obstáculo

en el camino a la santidad, ya que ésta desalienta nuestro amor a

Dios y promueve el amor a las posesiones, llevándonos a la

idolatría. No hay compatibilidad entre el amor a la riqueza y el

amor a Dios. Advierte que como consecuencia de este amor a la

riqueza también se desalienta el amor hacia el prójimo, llevándonos

a su explotación y esclavitud. De ahí que para practicar la

verdadera santidad es necesario dejar de acumular riquezas y para

ello da tres consejos sabios:

a) “Gana todo cuanto puedas”, hay que ganar el dinero con trabajo

honesto, sin perjudicar nuestras mentes y cuerpos por el trabajo

excesivo y sin explotar a nuestro prójimo.

b) “Ahorra todo cuanto puedas”, debemos practicar la mayordomía y

vivir con sencillez, sin practicar el derroche de los dones de Dios.

c) “Da todo cuanto puedas”, se debe proveer lo esencial para uno

mismo y la familia: alimento, vestido, vivienda, salud y cualquier

otra cosa básica. Cuando este aspecto se ha logrado, cualquier cosa

que sobre debe darse a los pobres, tanto en la iglesia como en el

resto del mundo. Nada debe acumularse. El compartir con los

necesitados es una muestra que estamos dando todo a Dios.

Wesley no sólo exhortó a los metodistas a practicar el dar a los

necesitados, sino que él mismo trabajó para aliviar el sufrimiento

de los pobres. Aumentó la autoestima de ellos, durmió con ellos,

alquiló casas para viudas sin hogar y para sus niños, finalmente dio

todo el dinero que tuvo entre sus manos.

Los metodistas siguieron su ejemplo. Las sociedades y clases

lograron recolectar dinero, alimentos y ropas para aliviar el dolor

de la pobreza.

Otro aspecto que preocupó a Wesley era la salud física de las

personas, en forma especial la de los pobres. En su sermón

“Visitando a los pobres” (1786) muestra esa sensibilidad social y

destaca la importancia de la visitación a los enfermos, así como la

participación muy especial de las mujeres en este ministerio. No

sólo se interesó por las visitas a los enfermos, sino que escribió

artículos sobre salud y medicina para ayudarles. Es notable

encontrar en su libro “Rudimentos de medicina: un método fácil y

natural para curar la mayoría de las enfermedades” (1747), dos

asuntos: el primero, las sugerencias que ofrece para la preservación

de la salud mediante un plan, en el cual recomienda un programa de

aire fresco, dietas, descanso y ejercicios, con un criterio bastante

moderno para su tiempo. El segundo, la prescripción de remedios para

traumas y enfermedades comunes. Para ello él mismo se encargó de

distribuir medicinas a cientos de personas en Londres, Bristol y

Newcastle.

El asunto de las prisiones y de los prisioneros no escapó del

interés de Wesley. En su tiempo el sistema penal era inhumano. Las

leyes eran muy duras, especialmente contra los deudores y para los

que cometían crímenes contra la propiedad. Wesley y sus seguidores

estaban convencidos que aquellas personas necesitaban oír el

evangelio redentor de Jesucristo y merecían el cuidado de los

siervos de Dios. De ahí que la visita a las prisiones y atención a

los prisioneros se convirtió en un ministerio permanente. Como un

testimonio personal, Wesley gastó su fortuna a favor de los presos

pobres y en muchos casos se encerró en calabozos para sentir en

carne propia el sufrimiento de sus semejantes. Luchó a favor de una

reforma carcelaria para que las leyes penales y las cárceles sean

más humanas. Propuso una educación y guía espiritual para los

prisioneros para dar lugar al arrepentimiento y de esa forma

pudieran ser restaurados. El 2 de enero de 1761 dirigió una carta al

editor del London Chronicle destacando la transformación ocurrida en

la más famosa prisión de Newgate en Bristol, la cual lucía limpia;

ya no había peleas, ni borracheras, menos era permitida la

prostitución. Se evita la pereza de los prisioneros, para ello se

les provee las herramientas y materiales para lo que quieran

trabajar en sus oficios. El carcelero –quien se había convertido al

metodismo- escucha los problemas de los prisioneros y los resuelve.

Los domingos todos van a la capilla y los enfermos que no podían ir

recibían atención espiritual y medicinas.

La esclavitud era el peor flagelo de la humanidad en el tiempo de

Wesley y él no fue indiferente ante este hecho cruel. Escribió en

1774 un tratado: “Reflexiones sobre la esclavitud” dio a conocer su

denuncia y oposición sobre el crimen de la esclavitud. Más aún, la

consideró inhumana y contraria a la voluntad de Dios. No había

excusa alguna para seguir permitiéndose la explotación de un

apersona o grupo por otra. A pesar de todas las dificultades e

incomprensiones de su tiempo, Wesley logró convertir a muchos

esclavos negros y en otros casos consolarlos en su sufrimiento. Esta

opción significó peligros, tanto para él como para sus seguidores.

Finalmente, Wesley antes de morir, una semana antes, escribió una

carta a Wilberforce animándole a seguir con la cruzada contra el

comercio de esclavos.

2. La Obra Social y Educativa.- Estos aspectos son parte de la

misión de la Iglesia, que expresan el amor de Dios (Mateo 22:

37-39). La acción social tiene como propósito concientizar al ser

humano de que su responsabilidad es participar en la construcción

del reino de Dios, promoviendo la vida en condiciones más humanas.

Para lograr este propósito, la Iglesia promueve la participación de

los cristianos en la solución de las necesidades personales,

sociales, económicas, de trabajo, salud, escolares u otras

fundamentales para la dignidad humana. Propugna el cambio

estructural de la sociedad para que permita la integración social de

los individuos y de las poblaciones pobres. Ya hemos visto

anteriormente la dedicación y preocupación de Wesley por este

aspecto. Este ejemplo es actualmente seguido por muchos metodistas

en todas partes del mundo.

La obra educativa es otra tarea que Wesley puso mucho énfasis en su

reflexión y quehacer teológico. A él le interesó que sus seguidores

fuesen más educados y sus predicadores más eficientes. Para lograr

este objetivo publicó libros, panfletos y revistas. Fundó escuelas

especialmente para niños pobres, entre las más famosas está la

escuela de Kingswood (1748), en una aldea minera cerca de Bristol

(Proverbios 22:6). Un tercer esfuerzo fue el apoyar las escuelas

dominicales como un medio para revivir la religión a través de la

nación. Hoy en día los metodistas en todo el mundo han establecido

instituciones educacionales en varias partes del mundo, desde

kindergartens, escuelas primarias y secundarias, hasta universidades

y seminarios teológicos, con el propósito de cultivar la mente y el

espíritu (Romanos 12:1-2).

Nuestros centros y programas educativos tienen como fines y

objetivos:

a) Fomentar la educación en los sectores menos privilegiados.

b) Formar un sujeto consciente, crítico y creador de su historia.

c) Hacer consciente al educando que la vida hoy se entiende más como

comunidad y no tanto desde un punto de vista individualista. Por lo

que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad

ante Dios, su prójimo y la historia.

d) Que busque una relación con otras personas, individual y

colectivamente de tal forma que el amor, la justicia y el perdón de

Dios sean una vivencia palpable para el educando.

e) Proporcionar una educación para el trabajo no explotable, sino el

ejercicio solidario de la autorealización de la persona, en la

producción de bienes y servicios sociales para el bien común.

f) Orientar la educación hacia la liberación y afirmación del ser

nacional en la diversidad, canalizando los esfuerzos de toda una

cultura original y fecunda, hacia una sociedad justa y de plena

participación.

g) Desarrollar una pedagogía que contribuya a enriquecer su

entendimiento en la fe cristiana y extender su conocimiento del

mundo en que vive.

3. El Credo Social.- La Iglesia Metodista afirma su responsabilidad

cristiana por el bienestar integral del ser humano como consecuencia

de su fidelidad a la Palabra de Dios expresada en las Escrituras.

Esa conciencia de responsabilidad social constituye parte de la

preciosa herencia confiada a los metodistas por el testimonio

histórico de Juan Wesley. De ahí que el ejercicio de esa

responsabilidad sea inseparable a la misión de la Iglesia Metodista

en el mundo.

Finalmente, en el presente siglo de gigantesco progreso científico y

tecnológico, la Iglesia Metodista reafirma un anhelo de Wesley: unir

ciencia y piedad vital hace tanto tiempo separadas. Actualmente la

Iglesia Metodista ha elaborado un Credo Social con el fin de

sintetizar su teología sobre la responsabilidad y quehacer del

metodista en relación con el prójimo y la sociedad en general:

Credo Social

Creemos en Dios, Creador del mundo, y en Jesucristo, el redentor de

la creación. Creemos en el Espíritu Santo, mediante quien

reconocemos los dones de Dios, y nos arrepentimos de nuestro pecado

en el uso de dichos dones con fines idólatras.

Afirmamos que el mundo natural es obra de Dios y nos dedicamos a su

preservación, mejoramiento y uso fiel por parte de la humanidad.

Recibimos gozosamente, para los demás y para nosotros mismos, las

bendiciones de comunidad, sexualidad, matrimonio y familia.

Nos dedicamos a los derechos de hombres, mujeres, niños, jóvenes, de

las personas de avanzada edad, y de los deshabilitados; al

mejoramiento de la calidad de vida, y de los derechos y dignidad de

las minorías étnicas y religiosas.

Creemos en el derecho y deber que cada uno tiene para trabajar para

el bienestar de los demás y de sí mismo, y en la protección de su

bienestar al hacerlo; en los derechos de propiedad como algo que nos

es confiado por Dios; en los contratos colectivos y el consumo

responsable; y en la eliminación de desastres económicos y sociales.

Nos dedicamos a la paz en todo el mundo, a la libertad de todos los

pueblos y al gobierno de la justicia y la ley entre las naciones.

Creemos en el triunfo presente y final de la Palabra de Dios en los

asuntos humanos y aceptamos alegremente nuestra comisión de

manifestar el evangelio en el mundo. Amén.

4. La Transformación de la Sociedad.- Tal vez este punto sea el lado

fuerte de la identidad metodista, que partiendo de su fe firme en el

Señor, asume el compromiso de ser un agente de transformación en el

mundo. Retomando el pensamiento de Wesley, en el sentido de que

nuestra santidad social se da en el amor al prójimo y que en el

Evangelio de Cristo no hay lugar para una religión solitaria, ni

menos para una santidad individualista, sino y una religión y

santidad social, es que resaltamos el aspecto social de la vida

cristiana.

Esta actitud conlleva a ejercer una crítica a los sistemas y valores

que gobiernan a nuestra sociedad actual. Este ejercicio de la

crítica no sólo debe ser teórico, sino que debe ser puesta en

práctica en el todo quehacer cotidiano. Transformar los sistemas

inhumanos e injustos no es una tarea fácil y a corto plazo, se

necesita para lograr tal propósito ser perseverantes en aquellos

valores que permitan generar una vida más digna. Estamos convencidos

que los únicos valores que han de permitir este cambio social son

aquellos enseñados por nuestro Señor Jesucristo.

De aquí que el orden político-social y económico no sea ajeno al

quehacer del cristiano metodista, menos la es su responsabilidad

civil y la solución de los problemas sociales. Juan Wesley al

proclamar que el mundo es nuestra parroquia, estaba diciendo que lo

que pasa en este mundo no nos es ajeno y que debemos ser los agentes

del Señor para el cambio, o al decir de Pablo: “somos colaboradores

de Dios.” Por otro lado, toda la obra realizada por Wesley estuvo

dirigida a transformar su nación y por consiguiente el mundo. Esa es

nuestra herencia metodista.

C. El Espíritu Organizador.- Si hay algo que caracteriza a un

metodista en el mundo es su espíritu organizador. Wesley nos dejó

como herencia este aspecto, el cual está presente en la vida

personal y social del creyente, y de manera especial, en la iglesia.

El no estuvo lejos de los actuales conceptos que se tiene sobre

organización, en el sentido de “poner orden donde existe el caos,

evitar conflictos personales sobre asuntos de trabajo o

responsabilidad, y crear un ambiente favorable para el trabajo en

equipo. Implica igualmente tener presente al factor humano –que las

tareas deben adaptarse a la gente, con todas sus virtudes y

debilidades, y que la gente debe motivarse.” La iglesia no es ajena

a esta realidad. Es por eso que Wesley organizó el movimiento

metodista de una manera tal que facilitara el desarrollo de la

Misión. De ahí el surgimiento de las sociedades, las clases, el

ministerio laico y la disciplina. Ese fue el secreto de su éxito

como conductor del gran movimiento de avivamiento del siglo XVIII.

1. Las Sociedades.- Esta fue una forma de organizar en células a las

personas que tenían interés por su salvación personal. Para ello se

tenían servicios de predicación, reuniones de oración, de

testimonio, consejería pastoral, estudios bíblicos y ayuda social.

Estas personas se reunían una vez a la semana, los jueves en la

noche. Wesley esperaba que sus integrantes asistieran a los

servicios de la Iglesia de Inglaterra. En realidad las sociedades

metodistas eran anexos de la iglesia oficial. Luego surge la

necesidad de dividir cada sociedad en pequeños grupos denominados

clases, con el fin de hacer un seguimiento más cercano a cada

persona que había sido convertida. La conformación de cada clase

dependía según el domicilio de cada integrante. Cada clase contaba

con una docena de participantes, en el que a uno de ellos se le daba

el título de líder. Esta persona tenía una experiencia cristiana

madura, visitaba a los convertidos por lo menos una vez a la semana,

recibía la ayuda para los pobres, se informaba sobre el progreso de

la salvación, aconsejaba, reprendía, consolaba y exhortaba. Luego se

reunía semanalmente con el pastor para informar sobre el progreso

espiritual de sus miembros, las contribuciones recibidas, sobre el

estado de los enfermos y los casos de disciplina.

Otro aspecto de la organización de las sociedades metodistas lo

constituyeron la formación de pequeños grupos religiosos llamados

bandas y compañías selectas. Las bandas eran pequeños grupos de

personas que pensaban igual y se reunían semanalmente para asuntos

religiosos, especialmente para confesar sus pecados, revelar las

tentaciones y sus triunfos, también para exponer sus problemas y

recibir la ayuda espiritual al respecto. Las compañías selectas eran

grupos muy pequeños e íntimos, que se reunían con la finalidad de

estrechar lazos de amistad y reproducir los primeros tiempos de la

iglesia primitiva.

Esta forma de organización del movimiento metodista refleja el genio

de su fundador y que al pasar el tiempo ha significado una

impactante y original contribución a las demás iglesias.

Hoy en día estamos lejos de aquella experiencia, pero sería bueno

retomar dicha experiencia y contextualizarla de acuerdo a nuestros

tiempos y generar diversas formas de organización para la Iglesia.

Por ejemplo la iglesia puede organizarse en diversos grupos de

interés: niños, adolescentes, jóvenes, adultos jóvenes, adultos,

varones, mujeres, oración, estudios bíblicos, reflexión sobre la

realidad social de la sociedad, música y canto, servicio social,

clubes deportivos, participación política en la sociedad, escuela de

líderes, etc.

2. El Ministerio Laico.- Dar un lugar a los laicos (hombres y

mujeres) en la vida de la iglesia y desarrollo del movimiento, da

muestra una vez más del don de la organización que poseía Wesley. El

se dio cuenta de la gran importancia que constituía el enorme

potencial laico al que tenía a su disposición para desarrollar la

gran tarea. La mayoría de los líderes de clase, los mayordomos que

cuidaban los asuntos financieros, los predicadores, todos ellos eran

laicos. Wesley reclutó a los predicadores laicos para extender el

Evangelio por todos lados y a su vez les dio responsabilidades

espirituales. Este gran sector fue sin duda la gran reserva de

vitalidad religiosa que Wesley canalizó para dar el gran impulso a

su movimiento. Era el “poderoso ejército” o “jinetes rústicos” que

llenaba una necesidad práctica para la expansión y consolidación de

la Iglesia. Estas personas no estaban entrenadas ni eran muy

ilustradas, pero tenían una pasión por difundir la santidad. Sobre

todo este aspecto es bueno tener la opinión del misionólogo

contemporáneo Guillermo Cook sobre el don singular que tenía Wesley

para:

...descubrir talentos naturales y dones espirituales en otros y

ponerlos a trabajar en las estructuras de las nuevas comunidades de

base, aun si esto significaba romper las prácticas eclesiásticas

establecidas...Dentro de las Sociedades Metodistas , fueron

entrenados dirigentes del sector popular, quienes, de otro modo,

nunca hubieran hecho una contribución ni a la sociedad ni a la

iglesia. Este liderazgo fue una fuerza significante en la

evangelización y en la organización de los sindicatos industriales.

Posiblemente uno en cada cinco de los miembros metodistas fueron

animados por Wesley a trabajar en ministerios significativos,

incluyendo mujeres.

Actualmente nuestras iglesias están compuestas por una gran cantidad

de laicos (niños, adolescentes, jóvenes, varones, mujeres, adultos

mayores) que muy bien podrían involucrarse en el trabajo total de la

Iglesia y servir según los dones recibidos y al llamado del Señor.

3. La Organización Eclesial.- La Iglesia es el instrumento que Dios

utiliza para revelar su amor a un mundo que aún no le conoce ni le

ama. La Iglesia es un organismo, es el “cuerpo de Cristo” para hacer

su Obra en este mundo y como tal necesita tener una organización que

facilite este propósito.

En los tiempos de Wesley el movimiento de avivamiento había crecido

y expandido de tal manera que hubo que establecer una organización

que posibilitara su desarrollo. Como ya hemos visto anteriormente,

Wesley organizó las sociedades, las clases, las bandas y las

compañías selectas. El propósito era volver a la práctica de las

primitivas doctrinas evangélicas más que en la creación de una

reforma eclesiástica, pero debido al crecimiento de las sociedades,

éstas tuvieron que sufrir modificaciones.

La Conferencia era el organismo máximo que reunía a los clérigos y

predicadores, se reunía cada tres meses para evaluar y supervisar la

Obra, además de atender los asuntos administrativos y eclesiásticos.

Después de muchos años, el Metodismo mantiene su organización

primitiva, con excepción de algunos cambios. Actualmente existe una

Conferencia General que reúne a las diversas conferencias de un país

y éstas a su vez a las conferencias distritales y locales. El cuerpo

pastoral está compuesto por presbíteros y predicadores laicos, de

ambos géneros. Dentro de los presbíteros se elige un obispo que

preside la Iglesia y la Conferencia General. De acuerdo al número de

la feligresía, la Iglesia puede tener más de un obispo, pero uno de

entre ellos es el obispo presidente.

En nuestro caso como Iglesia Metodista del Perú estamos organizados

de la siguiente manera:

- Iglesia Nacional: Asamblea General/Junta Nacional de Coordinación.

- Distritos: Asamblea Distrital/Junta Distrital.

- Iglesias locales: Asambleas locales/Mesa Directiva.

El espíritu de nuestra organización es democrático, inclusivo,

participativo y pluralista. Cada miembro metodista es una unidad de

la Iglesia; el conjunto de ellos y ellas conforman la iglesia local;

la suma de iglesia locales da lugar al Distrito el conjunto de

Distritos Eclesiales es lo que constituye la Iglesia Nacional.

Actualmente existen muchos documentos acerca de nuestra

organización, nosotros recomendamos los siguientes: “Metodismo con

método, manual de la iglesia local” y “Manual de Miembros de la

Iglesia Metodista”

4. Los Reglamentos y La Disciplina.- Los Reglamento y la Disciplina

son un conjunto de normas tendientes a regular las acciones y

decisiones de los miembros de la Iglesia, así como de los organismos

locales, distritales y nacionales. El único objeto de las reglas y

reglamentos es ayudar a la Iglesia a cumplir su divina misión, así

lo entendía Wesley. Este conjunto de normas está enmarcado en una

Constitución y un Reglamento, lo que constituye la Disciplina de la

Iglesia. Si damos un vistazo a la Constitución de nuestra Iglesia

encontramos la siguiente estructura:

1. INTRODUCCIÓN HISTÓRICA.

2. PREÁMBULO.

3. CONSTITUCIÓN DE LA IGLESIA METODISTA DEL PERÚ.

a) Autorización, Nombramiento, Fines, Personaría Jurídica y

Reglamento.

b) Artículos de fe y Principios Generales.

c) De los Miembros y Ministerio de la Iglesia.

d) De la Organización.

e) De las Reglas Restrictivas.

f) De las Asambleas de Distrito.

g) De la Congregación Local.

h) Del Episcopado.

i) De los Superintendentes de Distrito.

j) De la Administración Judicial.

k) De las Reformas a la Constitución.

l) De los Artículos de Fe y Credos Ecuménicos.

4. REGLAMENTO

a) Iglesia Local.

b) Los Distritos.

c) El Ministerio.

d) La Asamblea General.

e) Sistema Judicial.

5. APÉNDICE.

6. REGLAMENTO INTERNO DE LA ASAMBLEA GENERAL Y REGLAMENTO DE LAS

COMISIONES DE ESTUDIO.

D. El Espíritu Ecuménico.- La unidad cristiana se basa en el

entendimiento teológico de que por medio de la fe en Jesucristo

somos hechos miembros en común del cuerpo de Cristo Jesús antes de

ser entregado para ser crucificado oró por sus discípulos, pero

especialmente para que vivan juntos, que sean un solo cuerpo. Y el

propósito de esta unidad es para que el mundo crea en Él. Esta

súplica de ser un solo cuerpo de alguna manera es un mandamiento y

una responsabilidad. Como cristianos nuestro deber es estar unidos

por un mismo Señor, una misma fe y un solo bautismo, tal como el

apóstol Pablo nos exhorta. No debería haber nada que nos aparte del

amor de Dios y nos separe entre nosotros.

Nuestra Iglesia es un espacio donde es posible poner en práctica

esta voluntad del Señor. La Iglesia Metodista desde sus comienzos

practicó este espíritu ecuménico, su fundador Juan Wesley en una

oportunidad dijo: “Si tu corazón es como el mío, dame la mano y mi

hermano serás.” Con ello quería decir que para realizar la tarea de

proclamar el amor de Dios y anunciar sus Buenas Nuevas, no debe

haber ningún impedimento, basta el amor y la tolerancia. Durante

mucho tiempo esta práctica permitió que muchas personas de diversas

prácticas de fe y situación social pudieran colaborar

desinteresadamente en la tarea de evangelizar y enseñar a toda

criatura en el mundo.

Hoy en día cuando el mundo cada vez más se separa por cuestiones de

creencias religiosas, ideologías, costumbres y modas, hasta llegar a

la guerra, a pesar de plantearse una convivencia común, vivir en la

aldea global; nuestras iglesias son una alternativa de convivencia

común, no como un postulado filosófico sino como obediencia al

mandato del Señor. Vivir en unidad, con respeto, con tolerancia, es

el mejor ejemplo que podemos ofrecer al mundo como resultado del

amor de Dios en nuestras vidas. Todos somos llamados por el Señor a

realizar la gran tarea de enseñar y proclamar Su Palabra, todos

tienen lugar, nadie puede ser marginado por sus creencias. Nuestros

fieles son los mejores testigos de este espíritu ecuménico.

Este estilo de vida es lo que nos debe diferenciar de todo aquello

que pretenda dividir, destruir, violentar nuestro mundo. Esta

práctica debe darse en todos los niveles de vida, debemos ser los

testigos del Señor, ejemplos de Su amor, semillas de la unidad.

1. Relación fraternal con otros cristianos.- Los metodista

respondemos al mandato bíblico-teológico y práctico de la unidad

cristiana en todas sus dimensiones, tanto a nivel local, distrital,

nacional y mundial. En ese espíritu de apertura y tolerancia tenemos

encuentros fraternales con otros cristianos para proclamar la

Palabra de Dios, celebrar juntos en cultos de adoración y alabanza,

estudiar las Escrituras, trabajar unidos